Problemas de pareja: todo el mundo tiene, la clave está en cómo los gestionamos
Hay parejas que llegan a terapia después de una gran crisis, preguntando cosas como qué hacer si mi pareja me ha sido infiel, cómo recuperar la confianza en mi pareja, qué pasa si aparece una tercera persona o cómo entenderse mejor en la crianza de hijos u otras decisiones importantes.
Pero muchas otras llegan sin poder señalar un momento concreto en el que todo empezó a ir mal:
Nos queremos, pero no sabemos estar bien.
Discutimos siempre por lo mismo.
Ya casi no hablamos.
Todo lo que digo se lo toma mal.
Parecemos compañeros de piso.
Hay cariño, pero ya no sé si quiero seguir.
Y quizá esta segunda situación (en la que no hay esa gran crisis) sea incluso más desconcertante. Porque nos han enseñado que cuando una relación funciona hay amor y cuando deja de funcionar es porque el amor se ha terminado.
La realidad psicológica es bastante menos ordenada: podemos querer profundamente a alguien y construir con esa persona una dinámica que nos haga sufrir.
Tener problemas de pareja no significa necesariamente que la relación esté rota o necesite “arreglarse”
Toda relación suficientemente larga atraviesa conflictos.
Dos personas llevan consigo dos historias familiares, dos maneras de regular emociones, dos expectativas sobre el amor, dos relaciones con el dinero, el sexo, el tiempo, los amigos, la familia, la intimidad o la autonomía.
Que aparezcan diferencias es lo más normal del mundo. La cuestión importante no suele ser si discutimos, sino qué ocurre cuando lo hacemos.
¿Podemos escucharnos?
¿Podemos reparar después?
¿Terminamos entendiendo algo nuevo o simplemente acumulamos otra herida?
¿Nos sentimos suficientemente seguros para decir lo que necesitamos?
¿El conflicto permite nuevos escenarios de equilibrio o cada discusión nos devuelve exactamente al mismo lugar?
La investigación longitudinal ayuda precisamente a abandonar la idea simplista de que hay una forma perfecta de comunicarse. En un estudio de parejas recién casadas seguidas durante varios años, se pudo ver que la relación entre comunicación y bienestar de pareja es bidireccional. Es decir, esto de que “si hay buena comunicación, todo irá bien” solo es cierto a medias. A veces, empezamos a comunicarnos peor precisamente porque hay conflictos sin resolver, que nos hacen acumular tensiones y a veces liberarlas de la peor forma posible.
La discusión que se repite nunca trata solo de aquello sobre lo que discutís
Pensemos en una pareja que discute constantemente porque uno deja cosas por medio.
—Te he dicho mil veces que recojas esto.
—Siempre estás encima de mí.
—Porque si no te digo nada, no haces nada.
—Pues si vas a hablarme así, paso.
Aparentemente están hablando de orden.
Pero quizá uno está intentando decir: “Necesito sentir que no tengo que cargar yo con todo.”
Y el otro está escuchando: “Nunca haces nada bien y tengo que vigilarte.”
La conversación deja de tratar sobre una camiseta encima de una silla. Ahora trata sobre reconocimiento, autonomía, justicia, competencia, cuidado y pertenencia. Por eso algunas parejas solucionan el problema concreto y dos días después vuelven a tener exactamente la misma discusión sobre otra cosa. Ha cambiado el escenario, pero el patrón sigue intacto.
Perseguir y huir: uno de los bailes más habituales
Uno de los ciclos mejor descritos en psicología de pareja es el patrón de demanda-retirada (demand-withdraw).
Una persona intenta resolver el problema hablando: “Dime qué te pasa.” “Tenemos que hablar de esto.” “No puedes hacer como si no hubiera ocurrido.”
La otra se siente saturada y se retira: “Ahora no.” “No quiero discutir.” “Déjame tranquilo.”
Cuanto más se retira una, más insiste la otra. Cuanto más insiste una, más necesita escapar la otra.
La investigación ha asociado este patrón con mayor malestar relacional. Y lo interesante es que ambas personas pueden estar (seguramente están) intentando proteger la relación. La que persigue porque siente que si se deja esto sin resolver, hará mella, y la que se retira, porque piensa que si el conflicto sigue escalando se dirán cosas sin pensar o que harán daño.
Las intenciones pueden ser razonables, pero el resultado de todo esto es un desastre: no se soluciona nada, pero seguimos con el malestar.
Esta es una de las razones por las que en terapia de pareja intentamos pasar de: “¿Quién está haciendo esto mal?” a: “¿Qué está ocurriendo entre vosotros para que acabéis aquí una y otra vez?”
Cuando la pareja toca nuestras zonas más vulnerables
Las relaciones íntimas tienen una particularidad: cuanto más importante es alguien, más capacidad tiene para activarnos emocionalmente. Aquí resulta especialmente útil la teoría del apego: cuando percibimos amenaza sobre un vínculo importante, algunas personas tienden a hiperactivar el sistema de apego: buscan confirmación, proximidad, explicaciones, contacto. Otras utilizan estrategias más desactivadoras: se distancian, contienen lo que sienten, se refugian en la autosuficiencia o minimizan la importancia del conflicto para no salir heridos.
Ninguna reacción surge necesariamente de una decisión consciente. A menudo son maneras aprendidas de gestionar vulnerabilidad. Pero cuando no se hablan, o están desincronizadas, estas distintas maneras de reaccionar hacen que todavía aumente más la distancia, ya que aumenta la sensación de que el otro no nos comprende.
Entender esa capa emocional no convierte cualquier comportamiento en aceptable, en absoluto, pero permite dejar de pelear únicamente contra la superficie del problema.
“No quiero buscar a nadie más. Quiero intentatlo contigo hasta que nos salga bien.” - Mario Benedetti.
Cuando el conflicto deja de quedarse dentro de la relación
Los problemas de pareja no existen en un compartimento aislado de nuestra salud mental. Los estudios longitudinales encuentran relaciones entre menor calidad relacional y síntomas de depresión y ansiedad, y esa influencia puede producirse en ambas direcciones: el malestar psicológico puede deteriorar la relación y una relación conflictiva puede contribuir al malestar.
Esto encaja bastante bien con lo que vemos clínicamente. Es difícil terminar una discusión importante a medianoche y empezar a trabajar a las ocho de la mañana como si nuestro cerebro hubiera cambiado de aplicación.
El conflicto nos acompaña.
Dormimos peor.
Rumiamos.
Nos cuesta concentrarnos.
Estamos más irritables.
Anticipamos la siguiente discusión.
Incluso existe investigación experimental que ilustra hasta qué punto nuestras relaciones interactúan con la fisiología. En un conocido estudio de laboratorio con 42 parejas, las heridas experimentales tardaron más en cicatrizar después de una interacción conflictiva que tras una interacción de apoyo, y las parejas con mayores niveles de hostilidad presentaron diferencias adicionales en marcadores inflamatorios. Es un estudio con una muestra pequeña y, por lo tanto, hay que cogerlo con cautela, pero ofrece un ejemplo especialmente gráfico de que el estrés interpersonal también es estrés para el organismo.
“Nos queremos, pero ya no es como antes”
Probablemente no.
Y quizá tampoco debería serlo. Una pareja cambia porque cambian las personas que la forman. Llegan trabajos nuevos, hijos, enfermedades, mudanzas, pérdidas, dificultades económicas, cambios en el deseo sexual, nuevas prioridades y versiones de nosotros mismos que hace diez años ni siquiera hubiéramos imaginado.
Una relación puede funcionar muy bien en una etapa y empezar a tambalearse en otra sin que eso implique que alguien haya engañado a nadie sobre quién era. El problema aparece cuando la relación deja de actualizarse mientras las dos personas siguen cambiando. Entonces pueden surgir sensaciones como:
“Ya no me conoce.”
“No tenemos nada en común.”
“Todo gira alrededor de los niños.”
“Ya no hacemos nada juntos.”
“No sé cuándo dejamos de tocarnos.”
En estos casos, la terapia no busca necesariamente recuperar la relación del principio, sino ver qué relación tiene sentido ahora y si ambos estamos dispuestos a asumir este cambio.
Confianza: tarda mucho en construirse y puede romperse muy rápido
Las rupturas de confianza merecen un tratamiento especial. Una infidelidad es el ejemplo más evidente, pero no el único. También puede romperse la confianza por mentiras sostenidas, ocultación económica, incumplimiento repetido de acuerdos, abandono emocional o promesas que nunca llegan a materializarse.
Después aparece una tensión complicada. Quien ha sido herido necesita recuperar seguridad. Quien ha causado el daño puede sentir que ninguna explicación es suficiente y querer “pasar página”.
Uno pregunta. El otro se siente interrogado. Uno necesita saber. El otro quiere dejar de recordar. La reparación rara vez consiste simplemente en decidir confiar otra vez. Sería muy fácil si fuera así, pero la confianza no funciona por convicción. Suele requerir comprensión de lo ocurrido, responsabilidad, cambios observables, tolerancia a emociones difíciles y suficiente consistencia durante un periodo de tiempo.
Y no siempre termina con la continuidad de la pareja. A veces trabajar bien una ruptura de confianza permite reconstruir. Otras veces permite comprender con mayor claridad que algo se ha terminado. Ambos pueden ser resultados terapéuticamente válidos.
¿Y qué pasa si hay problemas sexuales?
Los problemas sexuales aparecen con frecuencia mezclados con otros conflictos de pareja: diferencias en el deseo, menor frecuencia sexual, dificultades para iniciar encuentros, rechazo, presión, pérdida de intimidad o sensación de haberse convertido en compañeros más que amantes.
Pero conviene evitar otra fórmula fácil: un problema sexual no significa necesariamente que la relación vaya mal. El deseo está influido por multitud de variables: estrés, cansancio, medicación, salud física, cambios hormonales, imagen corporal, experiencias sexuales previas, crianza, rutina, contexto relacional y expectativas sobre cómo “debería” funcionar la sexualidad.
A veces mejorar la relación mejora el sexo. A veces necesitamos trabajar directamente la sexualidad. Y otras veces ocurre al revés: recuperar una forma de intimidad satisfactoria modifica la manera en que la pareja se relaciona. En estos casos puede ser necesario integrar la terapia de pareja con una evaluación sexológica específica en lugar de reducirlo todo a “falta de comunicación”.
No todo es solucionable
Esta idea merece no es fácil de asimilar.
Dos personas pueden entenderse perfectamente, quererse hasta el infinito, y descubrir que quieren vidas incompatibles.
Una quiere hijos y la otra no, una necesita una relación monógama y la otra desea otro modelo relacional, una quiere emigrar y la otra necesita permanecer cerca de su familia, una necesita mucha autonomía y la otra desea una vida profundamente compartida…
La terapia no existe para fabricar compatibilidad donde no la hay. Puede servir para distinguir un problema solucionable de una diferencia que requiere una decisión. Y esto también es cuidar de la relación y de ti mism@, porque alargar indefinidamente una situación incompatible puede generar mucho más daño que afrontar una conversación dolorosa a tiempo.
¿Qué hacemos en terapia de pareja?
Pues lo mismo que haríamos en cualquier relación fuerte: trabajar. Eso sí, con una guía que permita salir de los patrones que nos han llevado a estancarnos y a encontrar nuevas soluciones. Pero esencialmente trabajar en la relación, ya que una relación sin esfuerzo es como una planta sin cuidados: puede tardar más o menos, pero eventualmente morirá.
Desde los enfoques conductuales y cognitivo-conductuales
Podemos trabajar sobre conductas concretas: reciprocidad, resolución de problemas, comunicación, negociación, expresión de afecto o cambios en dinámicas cotidianas.
También se exploran interpretaciones automáticas: “Lo hace porque no le importo.” “Siempre intenta controlarme.” “Si cedo significa que ha ganado.”Esas interpretaciones pueden transformar rápidamente un problema concreto en una amenaza contra toda la relación.
La Terapia Conductual Integrativa de Pareja (IBCT) añade a las estrategias de cambio un trabajo específico sobre aceptación, polarización y patrones mediante los cuales cada miembro acaba provocando involuntariamente aquello que más rechaza del otro. En un ensayo clínico aleatorizado con 134 parejas con malestar grave y crónico, tanto la terapia conductual tradicional como la IBCT produjeron mejoras importantes. A los dos años, el 69 % de las parejas tratadas con IBCT y el 60 % de las tratadas con terapia conductual tradicional presentaban una mejoría clínicamente significativa; el seguimiento del mismo ensayo continuó estudiando los resultados hasta cinco años después.
No significa que la terapia “salve” a seis o siete de cada diez parejas, pero nos confirman que los patrones de pareja pueden modificarse y existen tratamientos estudiados empíricamente para hacerlo.
Desde la terapia focalizada en las emociones y el apego
Aquí prestamos especial atención al ciclo emocional que existe debajo del conflicto.
En lugar de quedarnos únicamente con: “me critica” o “se distancia” intentamos llegar a lo que ocurre emocionalmente justo antes de que critiques, o a qué estás intentando proteger cuando te alejas.
La Terapia Focalizada en las Emociones para parejas (EFT/EFCT) trabaja precisamente sobre la seguridad del vínculo y las necesidades de apego. Los ensayos clínicos también han encontrado mejoras en satisfacción relacional en parejas tratadas con este enfoque.
Desde una perspectiva sistémica
Una pareja es más que dos individuos colocados uno al lado del otro. También es un sistema. Podemos estudiar reglas implícitas, roles, alianzas, formas de tomar decisiones, distribución de responsabilidades, relaciones con las familias de origen y ciclos que se retroalimentan.
En lugar de poner el foco en las conductas individuales, intentamos ver qué función tienen dentro de la relación. A veces una conducta solo adquiere sentido cuando observamos qué hace la otra persona justo antes y justo después.
Desde enfoques contextuales y de aceptación
También puede ser necesario trabajar algo menos intuitivo: la capacidad de tolerar que nuestra pareja sea diferente de nosotros. No todo aquello que nos incomoda necesita desaparecer. Una relación implica aprender qué puede negociarse, qué puede aceptarse y qué constituye un límite importante.
El reto consiste en no confundir aceptación con resignación. Aceptar que tu pareja es más introvertida que tú puede permitir construir acuerdos realistas. Aceptar humillaciones constantes porque “es su manera de ser” es simplemente inadmisible.
¿Y si mi pareja no quiere venir?
Es una situación muy habitual. No podemos hacer terapia de pareja con una sola persona en sentido estricto, porque una relación la construyen al menos dos.
Pero sí se puede trabajar individualmente. Puedes comprender primero tus propios patrones, regular mejor tus respuestas, aprender a poner límites, revisar qué estás tolerando, modificar tu parte del ciclo y pensar con mayor claridad qué quieres hacer con esa relación.
Lo que no podemos garantizar es que un cambio individual transforme automáticamente a la otra persona. Una relación no puede sostenerse indefinidamente con una sola persona intentando repararla. Darse cuenta de eso también puede formar parte de la terapia.
¿Cómo se si necesitamos ayuda?
No hace falta esperar a que alguien diga que se quiere separar o que quiere “un tiempo”. Puede tener sentido consultar cuando detectáis que la relación empieza a funcionar en piloto automático: repetís siempre las mismas discusiones, evitáis temas por miedo a cómo terminarán, la intimidad se ha deteriorado, existe resentimiento acumulado, la confianza está dañada o cada vez resulta más difícil recordar cuándo te sentías bien en esta relación.
También cuando aparentemente “no pasa nada”, pero uno o ambos sentís que algo importante se está apagando. Acudir antes no garantiza que el proceso sea sencillo. De hecho, casi nunca lo es. Pero suele permitir trabajar con un problema antes de que años de protección, resentimiento y distancia lo vuelvan mucho más rígido.
Una relación sana tampoco es una relación sin conflictos
Probablemente discutiréis otra vez. Os decepcionaréis. En algún momento uno necesitará algo que el otro no podrá darle. Habrá etapas con más cercanía y otras con menos.
La meta realista no es construir una relación permanentemente armoniosa, sino desarrollar suficiente seguridad para que las diferencias no se conviertan automáticamente en amenazas.
Poder enfadarnos sin destruir.
Poder alejarnos un rato sin abandonar.
Poder pedir sin exigir.
Poder escuchar sin desaparecer.
Poder reparar cuando hacemos daño.
Y, quizá lo más difícil, poder mirar el problema y preguntarnos: “¿Qué estamos haciendo los dos para terminar siempre aquí?”
en lugar de: “¿Cómo consigo que el otro admita de una vez que el problema es suyo?”
Porque muchas veces el cambio empieza precisamente ahí: cuando dejamos de luchar el uno contra el otro y empezamos a mirar juntos aquello que se ha colocado entre los dos.
Si vuestra relación se ha convertido en una fuente constante de desgaste, no hace falta esperar a tener claro si queréis seguir juntos ni llegar con una explicación perfecta de lo que ocurre. Entenderlo puede ser precisamente el primer objetivo de la terapia.
En Osmos podemos ayudaros a identificar los patrones que están manteniendo el conflicto, trabajar sobre la confianza, la comunicación y la intimidad, y valorar qué camino tiene más sentido para vuestra relación.
Si sentís que lleváis demasiado tiempo intentando resolver solos la misma historia, podéis reservar una primera sesión orientativa con nuestro equipo y empezar a ponerle nombre a lo que está ocurriendo.