La salud mental y el acceso real a la atención psicológica: una asignatura pendiente
Cada año, el Día Internacional de la Cobertura Sanitaria Universal nos invita a reflexionar sobre una idea potente y aparentemente clara: que todas las personas puedan acceder a los servicios de salud que necesitan, cuando los necesitan y sin que ello suponga una carga económica insostenible.
Sobre el papel, el mensaje es esperanzador.
En la práctica, cuando hablamos de salud mental, la realidad es bastante más compleja.
Más demanda, más conciencia… y los mismos límites
En los últimos años, especialmente tras la pandemia, la salud mental ha dejado de ser un tema marginal. Se habla más de ansiedad, depresión, estrés, trauma o burnout. Se normaliza —al menos en el discurso— pedir ayuda psicológica.
Y, sin embargo, el aumento de la demanda no ha ido acompañado de un aumento proporcional de recursos.
En España, la atención psicológica forma parte del sistema público de salud. Esto es un avance importante y necesario. Pero también es insuficiente. Las listas de espera para una primera visita pueden alargarse meses, y el número de sesiones disponibles suele ser limitado. En muchos casos, la intervención llega tarde o no puede sostenerse en el tiempo.
El resultado es una paradoja frecuente:
las personas “tienen derecho” a atención psicológica, pero no pueden acceder a ella cuando realmente la necesitan.
La brecha silenciosa del acceso
Cuando la ayuda no llega a tiempo, ocurre algo que rara vez se menciona: se abre una brecha invisible entre quienes pueden permitirse acudir a terapia privada y quienes no.
No se trata solo de dinero. Se trata de:
Cronificación del malestar.
Empeoramiento de síntomas.
Impacto en el trabajo, las relaciones y la salud física.
Y, en los casos más graves, de riesgos evitables.
La evidencia científica muestra de forma consistente que la intervención temprana en salud mental reduce el sufrimiento, el coste a largo plazo y la discapacidad asociada. Retrasar la atención no es neutro: tiene consecuencias.
Y aun así, muchas personas se ven obligadas a esperar, aguantar o “funcionar como pueden”.
Occidente y el malestar contemporáneo
Este problema no es exclusivo de España. En la mayoría de países occidentales desarrollados observamos un patrón similar:
más bienestar material, más exigencia, más presión… y más malestar psicológico.
Vivimos en sociedades que promueven la productividad constante, la autoexigencia, la comparación y la disponibilidad permanente. El estrés crónico, la ansiedad y el agotamiento emocional no aparecen en el vacío: son respuestas humanas a contextos poco humanos.
En este escenario, la salud mental no puede tratarse como un lujo, ni como un complemento opcional. Es una pieza central del cuidado de las personas.
El papel (limitado pero necesario) de la terapia privada
En OSMOS trabajamos desde la terapia privada. No porque creamos que sea el modelo ideal, sino porque actualmente es, para muchas personas, la única vía real de acceso a una atención psicológica continuada y de calidad.
Somos conscientes de la contradicción:
hablar de accesibilidad desde un contexto privado obliga a una reflexión ética constante.
Por eso intentamos:
ajustar tarifas dentro de lo posible,
ofrecer modelos flexibles,
priorizar procesos bien indicados,
y no convertir la terapia en un producto de consumo sin criterio clínico.
No solucionamos el problema estructural, pero creemos que cada espacio responsable suma.
La salud mental como cuidado básico
Hablar de cobertura sanitaria universal no debería quedarse en el acceso a pruebas médicas o tratamientos farmacológicos. La salud mental forma parte del funcionamiento básico de una persona: cómo piensa, siente, decide, se relaciona y se cuida.
Cuidar la salud mental no es un capricho ni una moda.
Es una necesidad humana fundamental.
Mientras el acceso siga dependiendo del tiempo de espera o del nivel de ingresos, la cobertura será incompleta. Y como sociedad, seguiremos llegando tarde.
La pregunta no es si podemos permitirnos invertir más en salud mental.
La pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.