Los muros de Dwight (que también son los tuyos)

Dwight Schrute vive como si el mundo fuese un campo de batalla. Está alerta, preparado, sospechando. Ve amenazas donde casi nunca las hay y levanta normas como si fueran muros de carga. En clave comedia es brillante. En clave humana, es dolorosamente reconocible.

Porque Dwight no se protege “porque sí”. Se protege porque, para él, relajarse equivale a exponerse.

1) Cuando la protección se convierte en identidad

Hay un punto en el que los mecanismos de defensa dejan de ser algo que “hacemos” y pasan a ser algo que “somos”.

Dwight no solo usa rigidez: es rigidez. No solo desconfía: es la desconfianza personificada.

Y esto tiene sentido desde la psicología: los mecanismos defensivos no son “malos” por definición. Son intentos de la mente de preservar estabilidad emocional frente a amenazas (reales o aprendidas). La investigación contemporánea sobre defensas subraya que el funcionamiento defensivo se relaciona con bienestar psicológico y procesos de tratamiento; no es un concepto “antiguo”, sino un fenómeno con décadas de estudio empírico.

El problema no es protegerse. El problema es protegerse de más.

2) Hipervigilancia: vivir en modo “escáner”

Dwight funciona como un detector de peligro en bucle. Y eso, en la vida real, suele aparecer como:

  • Leer dobles sentidos donde no los hay.

  • Anticipar la crítica antes de que llegue.

  • Tener que “estar preparado” para no sentirse indefenso.

  • Controlar normas, planes o detalles para calmar el cuerpo.

En modelos cognitivos de la ansiedad social (y de la ansiedad en general), se describe cómo ciertas estrategias de autoprotección —safety behaviors o “conductas de seguridad”— mantienen el miedo porque impiden comprobar que la amenaza no ocurre (o que podrías tolerarla).

Dwight es la caricatura perfecta de esto: su búnker le tranquiliza a corto plazo… pero también le roba libertad.

3) Muros emocionales: el control que sustituye al vínculo

Lo más triste de Dwight no es su paranoia; es lo que la paranoia protege: la posibilidad de necesitar a alguien.

Aquí encaja algo muy estudiado en apego: cuando la seguridad relacional falla o se percibe como inestable, algunas personas aprenden estrategias de distanciamiento (evitar depender, apagar emociones, “yo puedo solo”). En investigación sobre apego y regulación emocional, el estilo evitativo se ha asociado a estrategias defensivas de sobrecontrol emocional y tendencia a aislarse en momentos de malestar.

En versión Dwight: “No necesito a nadie” a veces significa “Necesitar duele”.

4) El precio del búnker: aislamiento y malentendidos

Hay una ironía clínica de la que podemos aprender algo muy valioso: cuanto más te proteges, más visible se vuelve lo que intentas ocultar.

  • El sarcasmo constante revela sensibilidad.

  • La autosuficiencia extrema revela miedo a depender.

  • El “me da igual” revela que sí importa.

Y, además, el búnker tiene un coste relacional: los demás te perciben inaccesible, rígido o agresivo… y se alejan. Eso confirma el miedo inicial (“ves, no puedo fiarme”), y el círculo se cierra.

Y no es solo un coste emocional. La evidencia sobre vínculos y salud es contundente: relaciones sociales más fuertes se asocian a mejor supervivencia y menor riesgo de mortalidad en meta-análisis amplios.

¿Qué hacemos con nuestro “Dwight” interno?

La idea no es derribar todas las defensas (eso sería temerario). La idea es pasar de muralla a cerca con puerta: protección, sí; aislamiento, no.

1) Identifica tu defensa favorita (sin juicio)

Elige una que uses a menudo:

  • Control / perfeccionismo.

  • Humor que desvía.

  • Frialdad / distancia.

  • Desconfianza preventiva.

  • “No necesito a nadie”.

Nómbrala. Cuando la nombras, deja de manejarte en automático.

2) Pregunta clave: ¿esto me cuida o me encierra?

Una brújula sencilla:

  • Si reduce daño y mantiene conexión → suele ser cuidado.

  • Si reduce ansiedad pero te deja solo → suele ser miedo.

3) Baja un 10% la conducta de seguridad

No hace falta un salto épico. Haz un experimento pequeño (y repetible):

  • Decir “no lo sé” sin justificarte.

  • Pedir algo simple sin anticiparte al rechazo.

  • No revisar 3 veces un mensaje.

  • Permitirte un gesto espontáneo sin plan B.

Esto va en línea con hallazgos de que reducir conductas de seguridad potencia el cambio (no solo “exponerse”, sino exponerse sin armadura completa).

4) Busca un espacio donde puedas practicar “puertas”

No todo el mundo merece acceso a tu vulnerabilidad. El objetivo es identificar una relación (o un contexto terapéutico) donde puedas entrenar seguridad sin tener que actuar.

Si te resuena que te proteges demasiado, la terapia suele ayudar precisamente en esto: entender qué estás defendiendo, cuándo aprendiste a hacerlo así, y cómo construir protección sin aislamiento.

Porque hay algo de Dwight en todos. La diferencia está en si nuestra versión nos cuida… o nos deja solos.

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